La memoria puede fallar.
Puede esconder treinta años y devolverlos durante cinco segundos.
Puede decirte que tu esposa está comprando carne cuando lleva cuatro años muerta.
Puede convertir a tu mejor amigo en un desconocido.
Pero algo dentro de mí había reconocido a Bruno incluso cuando mi cabeza no pudo hacerlo.
Tal vez por eso me había dolido tanto verlo caer por aquellos escalones.
—Buen chico —susurré.
Bruno suspiró.
Apoyó la cabeza sobre mi pie.
Y se quedó allí.
Como siempre.
A la mañana siguiente desperté en el sillón.
Me dolía el cuello.
Durante unos segundos no supe qué día era.
Ni qué año.
Ni por qué estaba vestido con la misma ropa.
Entonces escuché un ronquido suave.
Bruno dormía sobre la alfombra.
La manta de Elena cubría la mitad de su cuerpo.
Mis ojos fueron directamente hacia el cuaderno.