Una mujer de mi equipo llevaba ocho años conmigo.
Tenía una caja entre los brazos cuando se acercó.
—Daniel, mi esposo lleva cuatro meses sin trabajar.
No tenía una frase capaz de arreglar eso.
Así que llamé a dos reclutadores.
Le conseguí entrevistas.
Escribí recomendaciones.
Pasé mi número personal a quien lo necesitara.
A las cinco de la tarde casi todos los escritorios estaban vacíos.
Me senté solo dentro de mi oficina.
En el escritorio tenía una fotografía de Laura y yo en Puerto Vallarta.
Ella estaba riéndose porque el viento le había cubierto toda la cara con el cabello.
La miré y pensé:
Nos va a dar miedo.
Pero vamos a estar bien.
Teníamos ahorros.
Mi liquidación sería buena.
Podíamos reducir gastos.
Y ya había recibido dos mensajes de empresas competidoras.
No estaba tranquilo.
Pero tampoco estaba desesperado.