MI ESPOSA ME DEJÓ LA NOCHE QUE PERDÍ EL TRABAJO… CUATRO DÍAS DESPUÉS ENCONTRÓ LA CARPETA QUE LLEVABA MÁS DE UN AÑO OCULTÁNDOLE
La mañana después de que mi esposa se fue, preparé café para dos.
Ni siquiera lo pensé.
Me levanté a las seis, me bañé, me puse una camisa y entré a la cocina siguiendo exactamente la misma rutina de los últimos nueve años.
Saqué mi taza azul.
Después saqué la de Laura.
Blanca, con un pequeño colibrí pintado cerca del asa.
Serví ambas.
Solo cuando puse la segunda sobre la barra recordé que ella ya no estaba.
Su maleta tampoco.
Había desaparecido su neceser, varias prendas, sus tenis, el cargador de su computadora y el perfume que siempre dejaba junto al lavabo.
Veintidós horas antes yo tenía empleo.
Veinte horas antes había llegado a casa para decirle que lo había perdido.
Y dieciocho horas antes mi esposa había cerrado la puerta detrás de ella después de decirme:
—No puedo seguir construyendo mi vida alrededor de alguien que de repente ya no sabe qué va a pasar mañana.
No gritó.
Eso habría sido más fácil.
Lo dijo con una tranquilidad que me dolió mucho más.
Me llamo Daniel Salgado.
Tenía cuarenta y dos años y llevaba casi quince construyendo una carrera basada en una idea bastante sencilla:
Si trabajas suficiente, ahorras suficiente y planeas suficiente, puedes impedir que las cosas importantes se derrumben.
Estaba equivocado.
EL JUEVES
La reunión apareció en mi calendario a las 8:53 de la mañana.
ASISTENCIA OBLIGATORIA.
PRESENCIAL.
SALA PRINCIPAL.
Nada más.
Trabajaba para Nexora Systems, una empresa de servicios tecnológicos que había abierto su oficina de Querétaro once años antes.