Yo entré cuando todavía ocupábamos medio piso.
Empecé coordinando operaciones.
Después dirigí un equipo.
Luego dos.
A los cuarenta y dos años era gerente regional y tenía cincuenta y ocho personas bajo mi responsabilidad.
Conocía a casi todas.
Sabía quién tenía hijos pequeños.
Quién cuidaba a sus padres.
Quién necesitaba trabajar desde casa los miércoles.
Quién estaba pagando una universidad.
Cuando había despidos, normalmente los gerentes como yo recibíamos instrucciones para comunicarlos.
Aquella mañana descubrí que un puesto directivo tampoco sirve de mucho cuando alguien, a mil kilómetros de distancia, decide cerrar una oficina completa.
Dos ejecutivos llegaron desde corporativo.
La oficina de Querétaro cerraría.
Algunas funciones serían absorbidas por Guadalajara.
Otras desaparecerían.
Todos recibiríamos liquidación o indemnización según correspondiera.
Mi puesto también quedaba eliminado.
Lo más extraño de perder el trabajo junto con otras cincuenta personas es que uno no sabe a quién consolar primero.
Una mujer de mi equipo llevaba ocho años conmigo.
Tenía una caja entre los brazos cuando se acercó.
—Daniel, mi esposo lleva cuatro meses sin trabajar.
No tenía una frase capaz de arreglar eso.
Así que llamé a dos reclutadores.
Le conseguí entrevistas.
Escribí recomendaciones.
Pasé mi número personal a quien lo necesitara.
A las cinco de la tarde casi todos los escritorios estaban vacíos.
Me senté solo dentro de mi oficina.
En el escritorio tenía una fotografía de Laura y yo en Puerto Vallarta.
Ella estaba riéndose porque el viento le había cubierto toda la cara con el cabello.
La miré y pensé:
Nos va a dar miedo.
Pero vamos a estar bien.
Teníamos ahorros.