La promesa silenciosa que la hermana Esperanza ya no lograba recordar

La decisión que no podía seguir postergando

Frente al teléfono, la madre Caridad respiró hondo. Sabía que levantar el auricular significaba abrir una puerta que quizás nunca podría volver a cerrar. Podía llamar a la doctora Paloma y pedirle explicaciones. Podía comunicarse con la oficina del obispo y anticiparse a cualquier investigación. O podía guardar la cinta en un cajón, como había guardado durante tres años tantas preguntas sin respuesta.

Pensó en Esperanza, dormida seguramente en su celda, ajena a la conversación que se libraba en el despacho de la superiora. Pensó en los niños, en sus risas durante el recreo, en la manera en que corrían hacia la hermana cada vez que la veían aparecer entre los naranjos del patio.

 

 

Y comprendió, por primera vez con total claridad, que su miedo no era por sí misma ni por el prestigio del convento. Su miedo era que la verdad, cuando finalmente apareciera, llegara demasiado tarde para proteger a las personas que había jurado cuidar.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *