La discusión cambió en ese momento.
No terminó.
Pero cambió.
—Ahora trabaja en el Instituto Metropolitano de Diseño —dije.
Laura miró el teléfono anotado en la hoja.
—¿Puedo hablar con ella?
—Claro.
—¿Puedes llamarla?
—No.
Frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque no pienso convertir esto en otro proyecto que yo administre.
Señalé la carpeta.
—Si quieres hablar con ella, ahí está su contacto.
—Tú llamas.
—Tú preguntas.
—Tú decides.
—¿Y si no quiero volver?
—No vuelvas.
—¿Y si nunca quiero trabajar en diseño?
—Entonces no lo hagas.
—Nunca se trató de que me debieras una profesión.
—Se trataba de que tuvieras opciones que no desaparecieran si mi sueldo desaparecía.
Laura guardó silencio.
Luego dijo:
—De verdad pensé que estabas preparándote para abandonarme.
—No.
Se secó una lágrima.
—Y fui yo quien te abandonó primero.
—Sí.
No intenté decirle que no importaba.