La puerta se abrió.
Era Ricardo.
El hermano de Alejandro entró con una taza de café y una expresión preocupada.
—¿Cómo pasó la noche?
Alejandro sintió que Rosa le rozaba discretamente el brazo.
No diga nada.
Mateo permaneció acostado, fingiendo dormir.
—Igual —respondió Alejandro—. Incluso peorkara.
Ricardo suspiró.
—Pobre muchacho.
Se acercó a la cama.
Pero no miró primero a Mateo.
Miró la mesa.
Allí estaba la bandeja de medicamentos.
Rosa lo vio también.
—¿Quién es usted? —preguntó Ricardo.
—La nueva auxiliar nocturna.
Ricardo frunció el ceño.
—Guillermo no mencionó ninguna auxiliar.
—Llegó de madrugada —intervino Alejandro.
Ricardo tomó uno de los frascos.
—¿Ya recibió su dosis de las cinco?
Rosa cerró su libreta.
—Todavía no.
Ricardo levantó inmediatamente la mirada.
—Debería haberla recibido.
Alejandro sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Durante ocho meses jamás había escuchado a su hermano hablar de horarios médicos con semejante precisión.