Y ella respondía:
—Por eso todavía no te cambio.
Nos reíamos.
Ahora ya no me parecía gracioso.
El sábado volvió a llegar la notificación del medicamento.
Mi primer impulso fue ir por él.
No lo hice.
Le reenvié el aviso.
Nada más.
Una hora después respondió:
“Gracias.”
Parecía insignificante.
No lo era.
LA CARPETA
El domingo decidí juntar algunas cosas que Laura seguramente necesitaría si seguía en casa de Natalia.
Su cargador.
Unos zapatos.
Un suéter.
Un cuaderno que había vuelto a utilizar para dibujar.
Buscando una caja dentro de mi estudio vi algo debajo de unos documentos.
Una carpeta negra.
Me quedé inmóvil.
No la abría desde hacía meses.
Dentro había información que llevaba más de un año reuniendo.
Planes académicos.
Correos.
Costos.
Certificaciones.
Programas de diseño.
Evaluaciones de equivalencia.
Opciones de becas.
Cursos de actualización.
Y una hoja escrita por mí:
LAURA — REGRESO A DISEÑO / OPCIONES
Todo había empezado con un compañero llamado Mauricio.
Mauricio llevaba diez años en Nexora cuando una reestructuración anterior eliminó su puesto.
Nos encontramos para tomar café dos semanas después.
Me dijo que perder el empleo era aterrador.
Pero lo que más miedo le daba era otra cosa.
Su esposa llevaba trece años fuera del mercado laboral.
No conocía bien las finanzas familiares.
No tenía ingresos propios.
—Si algo me pasa —me dijo—, no sé si ella sabría por dónde empezar.
Aquella frase me acompañó hasta casa.
Porque Laura sí había tenido algo suyo.
Diseño de interiores.
Antes de casarnos estudiaba una carrera técnica enfocada en planeación de espacios.
Era muy buena.
No solo elegía colores bonitos.