—No.
Se secó una lágrima.
—Y fui yo quien te abandonó primero.
—Sí.
No intenté decirle que no importaba.
Porque sí importaba.
SU PRIMERA LLAMADA
Laura no regresó a casa.
Tampoco se lo pedí.
Se llevó la carpeta.
Tres días después recibí un mensaje.
“Llamé a Patricia.”
Sonreí sin querer.
“¿Cómo te fue?”
Respondió:
“Lloré veinte minutos dentro del coche.”
“¿Llorar bien o llorar mal?”
“Llorar de señora que descubre que tiene que volver a aprender programas.”
Después llegó otro.
“Se acordaba de mi proyecto final.”
Un minuto más tarde:
“Me invitó el martes para revisar qué materias todavía pueden revalidarme.”
Escribí:
“Excelente.”
Lo borré.
En su lugar pregunté:
“¿Cómo te hace sentir?”
Tardó en responder.
“Muerta de miedo.”
Luego:
“Y emocionada.”
Por primera vez entendí que esa respuesta valía mucho más que cualquier plan que yo hubiera podido hacer por ella.
AHORA EL QUE NO SABÍA QUÉ VENÍA ERA YO
Mi búsqueda de trabajo siguió.
Tuve entrevistas excelentes.
Y otras terribles.
Una empresa quería pagarme mucho menos y duplicar mis viajes.