—Y yo ayudé a construirla.
Eso la sorprendió.
—No estoy diciendo que esto sea culpa tuya.
—Yo disfrutaba sentir que resolvía todo.
—Me hacía sentir útil.
—Importante.
—Necesario.
Laura bajó la mirada hacia la carpeta.
—Entonces ¿por qué nunca me dijiste nada?
Esa era la pregunta difícil.
—Porque incluso cuando intentaba darte independencia, quería ser yo quien te la entregara.
Me miró.
—Eso no tiene sentido.
—Sí tiene.
—Si eres suficientemente controlador.
Por un segundo casi sonrió.
—Planeaste dejar de controlarme… controlando todo el proceso.
—Sí.
—Daniel, eso es ridículo.
—Muchísimo.
Se sentó nuevamente.
Después tomó otro correo.
—¿Quién es Patricia Leal?
—Una profesora que tuviste.
—No recuerdo ese nombre.
—Antes usaba el apellido Robles.
Laura levantó la mirada.
—¿La maestra Robles?
—Sí.
—¿Hablaste con ella?
—Dos veces.
—Daniel…
—Lo sé.
—Encontró parte de tus trabajos archivados.
Laura se quedó quieta.
—¿Mis trabajos?
—Dijo que eras una de las mejores alumnas técnicas de tu generación.
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
La discusión cambió en ese momento.
No terminó.
Pero cambió.
—Ahora trabaja en el Instituto Metropolitano de Diseño —dije.
Laura miró el teléfono anotado en la hoja.
—¿Puedo hablar con ella?
—Claro.
—¿Puedes llamarla?
—No.
Frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque no pienso convertir esto en otro proyecto que yo administre.
Señalé la carpeta.
—Si quieres hablar con ella, ahí está su contacto.
—Tú llamas.
—Tú preguntas.
—Tú decides.
—¿Y si no quiero volver?
—No vuelvas.
—¿Y si nunca quiero trabajar en diseño?
—Entonces no lo hagas.
—Nunca se trató de que me debieras una profesión.
—Se trataba de que tuvieras opciones que no desaparecieran si mi sueldo desaparecía.
Laura guardó silencio.
Luego dijo:
—De verdad pensé que estabas preparándote para abandonarme.