Entendía circulación.
Escalas.
Iluminación.
Planos.
Software.
Entonces me ascendieron.
Nos mudamos.
Revalidar materias se complicó.
Ella decidió esperar un semestre.
Yo le dije:
—No necesitamos otro sueldo.
En ese momento me pareció amor.
Luego vino otro ascenso.
Una casa más grande.
Viajes.
Comodidades.
Laura dejó de decir:
“Cuando regrese a estudiar…”
Después empezó a decir:
“Algún día.”
Finalmente dejó de mencionarlo.
Tras hablar con Mauricio comprendí algo incómodo.
Habíamos construido una vida donde la seguridad de Laura dependía demasiado de que yo siguiera funcionando perfectamente.
Intenté hablar del tema una vez.
—¿Nunca has pensado terminar diseño?
Me miró inmediatamente.
—¿Tenemos problemas económicos?
—No.
—Entonces, ¿por qué tendría que volver ahora?
Me reí.
Cambié de tema.
Y cometí un error muy propio de mí.
En lugar de conversar, investigué.
Contacté escuelas.
Pregunté por equivalencias sin comprometerla.
Comparé costos.
Calculé cuánto podíamos pagar sin endeudarnos.
Busqué cursos de software.
Incluso localicé a una antigua profesora suya.
Mi idea era entregarle todo algún día.
Decir:
Si quieres volver, aquí tienes un camino.
Me parecía romántico.
Pero cada vez que pensaba en enseñárselo temía que interpretara otra cosa.
Que ya no estaba satisfecho con ella.
Que quería obligarla a trabajar.
Así que escondí la carpeta.
Durante más de un año.
Hasta que dejó de parecer una sorpresa.
Y se convirtió en algo que podía destruir lo poco que quedaba de nuestro matrimonio.
“ESTABAS PREPARÁNDOTE PARA DEJARME”
Laura la encontró el lunes.
Entró a casa mientras yo estaba en una entrevista.
Seguía teniendo llave.
Nunca pensé cambiar las cerraduras.
Había ido por ropa y por documentos financieros.
Natalia le había dicho algo que, en retrospectiva, fue probablemente el mejor consejo que recibió durante aquellas semanas: