Un silencio sepulcral cayó sobre la habitación. La respiración del señor Bennett se volvió rápida y entrecortada. Cerró los ojos con fuerza, apretando los dientes hasta que la mandíbula le tembló.
—Julián murió esa noche —murmuró, casi para sí mismo.
—No… no murió —dije, poniéndome de pie con las piernas aún temblorosas—. Tienes su marca. Tienes su cadena. ¿Quién eres tú? ¿Qué le hiciste a mi hermano?
El hombre abrió los ojos. Ya no había frialdad en ellos, sino un dolor profundo, antiguo y acumulado durante años. Miró el techo, tomando aire desesperadamente antes de volver a fijar su mirada en mí.
—No le hice nada… Elena.