El rostro del hombre se volvió de piedra. Con un movimiento torpe pero firme de su brazo derecho —el único que conservaba cierta movilidad—, cubrió la medalla y tiró de la camisa para cerrarla.
—Eso no es asunto tuyo. Vine a tomar un baño, no a responder un interrogatorio de la servidumbre. Si vas a entrar en pánico por nada, puedes marcharte ahora mismo y le diré a la administradora que me busque a alguien competente.
—¡Es asunto mío porque esa medalla perteneció a mi hermano! —grité, olvidando por un segundo el miedo, el sueldo y la elegancia de la mansión. Mi voz resonó contra el mármol del baño—. Tenía diez años cuando desapareció en la tormenta del noventa y cuatro. Llevaba esa misma golondrina en el cuello. ¡Y esa marca en forma de luna… Julián la tenía desde que nació!