Parte 2: La verdad bajo la cicatriz

El rostro del hombre se volvió de piedra. Con un movimiento torpe pero firme de su brazo derecho —el único que conservaba cierta movilidad—, cubrió la medalla y tiró de la camisa para cerrarla.

—Eso no es asunto tuyo. Vine a tomar un baño, no a responder un interrogatorio de la servidumbre. Si vas a entrar en pánico por nada, puedes marcharte ahora mismo y le diré a la administradora que me busque a alguien competente.

—¡Es asunto mío porque esa medalla perteneció a mi hermano! —grité, olvidando por un segundo el miedo, el sueldo y la elegancia de la mansión. Mi voz resonó contra el mármol del baño—. Tenía diez años cuando desapareció en la tormenta del noventa y cuatro. Llevaba esa misma golondrina en el cuello. ¡Y esa marca en forma de luna… Julián la tenía desde que nació!

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