—Julián murió esa noche —murmuró, casi para sí mismo.
—No… no murió —dije, poniéndome de pie con las piernas aún temblorosas—. Tienes su marca. Tienes su cadena. ¿Quién eres tú? ¿Qué le hiciste a mi hermano?
El hombre abrió los ojos. Ya no había frialdad en ellos, sino un dolor profundo, antiguo y acumulado durante años. Miró el techo, tomando aire desesperadamente antes de volver a fijar su mirada en mí.
—No le hice nada… Elena.
El sonido de mi nombre en sus labios me congeló el aire en los pulmones. Hacía años que nadie me llamaba así en esta ciudad; para la agencia y para la administradora yo solo era una mujer desesperada buscando empleo.
—¿Julián? —susurré, dando un paso hacia atrás, incrédula.
—El río no me mató esa noche —dijo con la voz quebrada—. La corriente me arrastró millas abajo. Un hombre me sacó del agua… un hombre muy rico que no podía tener hijos. Estaba golpeado, no recordaba nada al principio. Cuando recuperé la memoria, meses después, él ya había arreglado todo: me dio un nuevo nombre, una nueva vida, y me amenazó con destruir a nuestra familia si intentaba volver. Nos tenía vigilados. Dijo que si abría la boca, ustedes pagarían las consecuencias.