Un hijo que vivía del dinero de su familia.
Un hombre que simplemente aceptaba las decisiones de su madre.
Pero la verdad era otra.
Julian había trabajado en secreto.
Mientras Genevieve controlaba las reuniones familiares y presumía que su hijo dependía de ella, él había construido su propio grupo de inversión.
Cuando su padre murió, dejó una cláusula:
Si Julian demostraba independencia financiera antes de los treinta y cinco años, recibiría el control completo de Blackwood International.
Genevieve nunca lo supo.
Porque Julian nunca quiso su aprobación.
Solo quería demostrar que podía crear algo sin la sombra de su madre.
Y lo había logrado.
Por eso, cuando ella decía:
“Mi hijo necesita una esposa rica”.
No sabía que su hijo ya era uno de los hombres más poderosos del país.
Y tampoco sabía que Sophia era la única persona que conocía toda la verdad.
Horas después, un médico salió del quirófano.
Julian se levantó inmediatamente.
—¿Cómo están?
El médico sonrió cansado.
—Su esposa está estable.
Julian dejó escapar el aire que llevaba horas conteniendo.
—¿Y el bebé?
El médico sonrió un poco más.
—También está bien.
—Es un niño.
Por primera vez en toda la noche, Julian cerró los ojos y una lágrima cayó por su rostro.
Un hijo.
Nuestro hijo.
Cuando desperté, lo primero que vi fue a Julian sentado junto a mi cama.
Tenía la camisa arrugada.
Los ojos rojos.
Su mano sostenía la mía con cuidado.
—Sophia…
Intenté hablar.
Mi garganta estaba seca.
—¿El bebé?
Julian apretó mi mano.
—Está aquí.
Una sonrisa pequeña apareció en su rostro.
—Está esperando conocerte.
Lloré.
No de dolor.