Le Dio Un Riñón A Su Esposo Y Él Volvió A Una Casa Que Ya No Existía

Yo estaba sentada a su lado cuando el médico lo explicó.

Andrés me tomó la mano.

—Vamos a salir de esta.

Yo respondí:

—Claro que sí.

Y lo creía.

Comenzamos a investigar quién podía ser donante.

Nuestros hijos se ofrecieron inmediatamente.

Yo me negué.

—Primero yo.

—Mamá, tienes cincuenta y siete años —dijo nuestra hija Paula.

—Y estoy sana.

—Pero…

—Es mi esposo.

Andrés no quería.

Al menos eso dijo.

—No voy a permitir que te arriesgues por mí.

—No eres tú quien decide.

Después de numerosas pruebas ocurrió algo que interpretamos como una bendición.

Yo podía ser considerada para la donación.

Todavía faltaban estudios.

Evaluaciones.

Compatibilidad.

Análisis médicos y psicológicos.

Pero existía una posibilidad real.

Andrés lloró cuando se lo dijeron.

Me abrazó.

—No puedo aceptar esto.

—Sí puedes.

—¿Y si te pasa algo?

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