Le Dio Un Riñón A Su Esposo Y Él Volvió A Una Casa Que Ya No Existía

—¿No pueden conservarla?

El representante me miró.

—El proyecto necesita el terreno completo.

Dije:

—Entiendo.

Todavía no firmé.

Regresé a casa.

Caminé sola por cada habitación.

La cocina donde preparaba desayunos para cuatro.

El pasillo donde nuestros hijos medían su altura contra una pared.

El dormitorio.

El patio.

El árbol de mango que había plantado mi padre.

Lloré.

Después comprendí algo.

Yo estaba intentando conservar un edificio porque tenía miedo de aceptar que una etapa de mi vida había terminado.

Los recuerdos no desaparecerían con las paredes.

Firmé.

Pero puse una condición.

Quería conservar una tabla del pasillo donde estaban marcadas las alturas de nuestros hijos.

El constructor aceptó.

La guardé.

Mientras tanto Andrés no sabía nada.

Tres días antes del trasplante me tomó la mano.

—Cuando todo esto termine quiero que nos vayamos de viaje.

—¿Adónde?

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