Mi pequeña niña.
La que yo todavía veía como una adolescente corriendo por la casa.
Había pensado en proteger a sus hijos incluso cuando ya no pudiera estar con ellos.
Durante las siguientes semanas, enfrentamos una batalla legal.
El hermano de mi yerno intentó cuestionar mi capacidad.
Dijo que era demasiado mayor.
Que cuatro niños necesitaban una familia más joven.
Cuando escuché eso en la audiencia, sentí una punzada.
Porque durante meses yo también había tenido ese miedo.
Pero entonces recordé la carta de mi hija.
Me levanté y hablé.
—Puede que no tenga treinta años.
El tribunal quedó en silencio.
—Puede que mis rodillas duelan y que necesite descansar más que antes.
Miré hacia donde estaban mis nietos.
—Pero nadie en esta sala ama a estos niños más que yo.
No necesitaba gritar.
No necesitaba demostrar nada.