Le Dio Un Riñón A Su Esposo Y Él Volvió A Una Casa Que Ya No Existía

Me reí con tristeza.

—Entonces tampoco era un gran amor.

—Elena…

—No importa.

Y realmente dejó de importarme.

El divorcio tardó meses.

No fue amistoso al principio.

Andrés discutió algunas cuestiones económicas.

Los abogados trabajaron.

Con el tiempo él aceptó.

Gabriela desapareció de su vida.

Nunca la conocí.

No la culpé de destruir mi matrimonio.

Ella no había pronunciado votos conmigo.

Andrés sí.

Nuestra relación como expareja fue difícil durante los primeros años.

Pero teníamos hijos.

Y también existía una realidad extraña que jamás desaparecería.

Una parte de mi cuerpo estaba dentro de él.

La primera vez que tuvimos que asistir juntos a la graduación de nuestra nieta, se acercó.

—El riñón funciona perfectamente.

Lo miré.

—Me alegro.

—¿De verdad?

—Andrés, si quisiera que te hubiera ido mal, no te lo habría dado.

Se quedó callado.

Después sonrió.

—Supongo que eso tiene sentido.

—Cuídalo.

—Lo hago.

—Más te vale.

Nos reímos.

Fue la primera conversación ligera que tuvimos después del divorcio.

Hoy han pasado nueve años.

Tengo sesenta y seis.

Andrés sigue vivo.

No volvió a casarse.

Yo tampoco.

No porque haya renunciado al amor.

Simplemente construí una vida que me gusta.

Viajé sola por primera vez.

Después con amigas.

Convertí una habitación de mi apartamento en pequeño taller de costura.

Veo a mis hijos.

A mis nietos.

Y cada mañana veo en una pared la vieja tabla donde están marcadas las alturas de Paula y Marcos.

Es el único pedazo de aquella casa que conservé.

Una vez Andrés vino a recoger a nuestro nieto.

La vio.

Pasó los dedos sobre una de las marcas.

—Pensé que todo se había perdido.

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