Cansado.
Y furioso.
—¿Cómo pudiste?
Era la primera cosa que dijo.
Lo miré.
—¿Qué parte?
—¡La casa!
—Era mía.
—Era nuestra casa durante veintidós años.
—Sí.
—¡La destruiste!
—No. La vendí.
—Sin decirme.
Lo miré durante varios segundos.
—¿Quieres hablar de cosas que hicimos sin decirnos?
Se quedó callado.
—Gabriela no significa…
Levanté una mano.
—No hagas eso.
—Elena, déjame explicarte.
—Dos años.
—Lo sé.
—No fue un error de una noche.
—No.
—Planeabas dejarme después del trasplante.
—Estaba confundido.
—No parecías confundido cuando escribiste que yo era tu mejor oportunidad.
Bajó la cabeza.
—Esa frase fue horrible.
—Fue clara.
—Yo no me acerqué a ti por el riñón.
—Llevábamos décadas casados. Espero que no.
—Entonces sabes que no era eso.
—Sé que cuando descubriste que yo podía ser donante decidiste retrasar tu salida.
Silencio.
—Sí.
Ahí terminó cualquier posibilidad de que me convenciera de otra cosa.
Andrés comenzó a llorar.
—Tenía miedo.
—Yo también.
—Pensé que si te decía la verdad retirarías la donación.
—Podía haberlo hecho.
—Lo sé.
—Y aun así continué.
Me miró.
—Nunca entenderé por qué.
Respondí:
—Porque darte un riñón y seguir siendo tu esposa eran dos decisiones diferentes.
Aquella frase lo dejó callado.
Yo había tardado semanas en entenderla.
Amar a alguien durante décadas no desaparece automáticamente cuando descubres una traición.
El enojo tampoco borra todos los cuidados anteriores.
Podía estar profundamente decepcionada con él y aun así no querer verlo morir.
Pero salvar su vida no significaba permitirle continuar ocupando la mía.
Andrés preguntó:
—¿Hay alguna posibilidad para nosotros?
—No.
—¿Por Gabriela?
—Por ti.
—Terminé con ella.
Eso me sorprendió.
—¿Cuándo?
—Cuando recibí tu carta.