Nunca quise verlo sufrir.
Pero tampoco siento culpa.
Aquel terreno vacío le mostró algo que yo ya había aprendido en el hospital.
A veces una vida puede terminar sin que una persona muera.
Un matrimonio.
Una casa.
Una versión de nosotros mismos.
Y después toca comenzar otra vez.
Andrés recibió una segunda oportunidad para vivir.
Yo también.
La diferencia fue que la mía no llegó dentro de un quirófano.
Llegó cuando comprendí que podía salvar la vida del hombre con quien había compartido veintisiete años y, aun así, tener suficiente respeto por mí misma para marcharme cuando descubrí que él ya había decidido abandonar nuestra relación en secreto.
Le di un riñón.
No porque fuera un esposo perfecto.
No porque nuestra historia tuviera que continuar.
Se lo di porque esa era la decisión con la que yo podía vivir.