Le Dio Un Riñón A Su Esposo Y Él Volvió A Una Casa Que Ya No Existía

—Cuídalo.

—Lo hago.

—Más te vale.

Nos reímos.

Fue la primera conversación ligera que tuvimos después del divorcio.

Hoy han pasado nueve años.

Tengo sesenta y seis.

Andrés sigue vivo.

No volvió a casarse.

Yo tampoco.

No porque haya renunciado al amor.

Simplemente construí una vida que me gusta.

Viajé sola por primera vez.

Después con amigas.

Convertí una habitación de mi apartamento en pequeño taller de costura.

Veo a mis hijos.

A mis nietos.

Y cada mañana veo en una pared la vieja tabla donde están marcadas las alturas de Paula y Marcos.

Es el único pedazo de aquella casa que conservé.

Una vez Andrés vino a recoger a nuestro nieto.

La vio.

Pasó los dedos sobre una de las marcas.

—Pensé que todo se había perdido.

—No.

—Cuando vi aquel terreno sentí que alguien había borrado mi vida.

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