Pero cuando el reloj se acercaba a las siete y media, se transformaba.
Miraba la hora.
Se ponía nervioso.
Tomaba su viejo maletín de cuero.
Y desaparecía.
Nunca se quedaba a tomar café.
Nunca aceptaba una segunda rebanada de pastel.
Y jamás permitía que alguien lo acompañara.
Mi madre decía que debíamos confiar en él.
Yo pensaba que estaba siendo demasiado ingenua.
Hasta que mi hija de quince años decidió seguirlo.
Aquella noche regresó a casa temblando, con los ojos hinchados de tanto llorar.
Traía el maletín del hombre entre sus brazos.
Y lo que descubrimos cambió nuestra familia para siempre.
Me llamo Mariana.
Tengo cuarenta y seis años y una hija adolescente llamada Camila.
Mi madre, doña Elena, acababa de cumplir setenta y dos años cuando conoció a Roberto.
Había pasado once años sola.