Sobremis rodillas descansaba la carpeta con mi nombramiento como oficial.
Pasé el pulgar por uno de sus bordes, sintiendo la textura de la cubierta.
Había imaginado aquel momento muchísimas veces.
Durante las agotadoras carreras al amanecer.
Durante las noches en las que parecía que nunca terminaría de estudiar.
Durante los ejercicios de entrenamiento que me llevaban mucho más allá de los límites que creía tener.
Y también durante aquellos momentos de tranquilidad en los que me preguntaba si la niña asustada de trece años que había sido alguna vez reconocería a la mujer en la que me había convertido.
Ahora tenía veintiocho años.
Estaba sana.
Era fuerte.
Y estaba a punto de convertirme en oficial del Ejército de Estados Unidos.
Todo aquello que, cuando era pequeña, me habían hecho creer que jamás conseguiría ser.