—¿A quién busca? —preguntó el niño.
Alejandro tardó en responder.
—Busco a Lucía Ferrer.
—Mi mamá está en el patio.
La palabra “mamá” cayó sobre él como una piedra.
Durante nueve años jamás había escuchado que Lucía tuviera un hijo. Pensó que quizá se había casado nuevamente. Sintió una mezcla de curiosidad y celos que no tenía derecho a experimentar.
El niño lo condujo por un pasillo estrecho. La casa era humilde, pero estaba limpia. Las paredes estaban cubiertas de dibujos infantiles y fotografías. Había muebles reparados varias veces, una mesa sencilla y una cocina pequeña. En una esquina observó cajas de medicamentos y un tanque de oxígeno.
Lucía estaba tendiendo ropa en el patio.
Al verlo, dejó caer una sábana.
Los años habían cambiado su rostro, pero Alejandro la reconoció inmediatamente. Su cabello tenía algunas canas y sus manos mostraban señales de trabajo. Llevaba un vestido sencillo y sandalias desgastadas.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
No parecía contenta ni sorprendida. Parecía asustada.
Alejandro sacó la carta.
—Clara me envió esto.
Lucía la leyó y cerró los ojos.
—No debió hacerlo.
—¿Quién es el niño?
Ella miró hacia la puerta. El pequeño permanecía observándolos.
—Se llama Mateo.
—¿Es tu hijo?
Lucía guardó silencio.
Alejandro sintió que la respuesta estaba frente a él, pero no se atrevía a pronunciarla.
—¿Cuántos años tiene?
—Ocho años y siete meses.
Alejandro comenzó a calcular. La separación había ocurrido nueve años antes. Recordó la noche en que Lucía le pidió que cancelara el viaje porque tenía algo importante que contarle.
—¿Mateo es mi hijo?
Lucía no respondió con palabras. Sus ojos se llenaron de lágrimas y bajó la mirada.