Cuando Alejandro Ferrer estacionó su automóvil frente a aquella casa de madera, creyó que el sistema de navegación se había equivocado. El lugar estaba lejos del centro de la ciudad, al final de un camino de tierra rodeado de árboles. El techo tenía varias láminas oxidadas, la pintura de las paredes se había desprendido y una vieja cerca de alambre separaba el patio de la carretera.
Alejandro apagó el motor, pero permaneció sentado durante varios minutos. No podía creer que Lucía, la mujer con la que había estado casado durante doce años, viviera allí. Cuando se separaron, él ya era un empresario exitoso. Ahora controlaba varias compañías, aparecía en revistas financieras y poseía casas en tres países. En su mente, Lucía también debía disfrutar de una vida cómoda, aunque hubiera rechazado casi todo durante el divorcio.
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Habían pasado nueve años desde la última vez que la vio. La separación había sido amarga, rápida y llena de silencios. Alejandro estaba concentrado en expandir su empresa y viajaba constantemente. Lucía le reclamaba que el dinero había ocupado el lugar de su familia. Él pensaba que ella no comprendía los sacrificios necesarios para alcanzar el éxito.
La discusión final ocurrió una noche de tormenta. Lucía le pidió que cancelara un viaje de negocios y se quedara en casa porque necesitaba hablar con él sobre algo importante. Alejandro se negó. Tenía una reunión que, según decía, decidiría el futuro de la compañía.
Cuando regresó cuatro días después, encontró una maleta preparada junto a la puerta.