Cuando Alejandro Ferrer estacionó su automóvil frente a aquella casa de madera, creyó que el sistema de navegación se había equivocado. El lugar estaba lejos del centro de la ciudad, al final de un camino de tierra rodeado de árboles. El techo tenía varias láminas oxidadas, la pintura de las paredes se había desprendido y una vieja cerca de alambre separaba el patio de la carretera.
Alejandro apagó el motor, pero permaneció sentado durante varios minutos. No podía creer que Lucía, la mujer con la que había estado casado durante doce años, viviera allí. Cuando se separaron, él ya era un empresario exitoso. Ahora controlaba varias compañías, aparecía en revistas financieras y poseía casas en tres países. En su mente, Lucía también debía disfrutar de una vida cómoda, aunque hubiera rechazado casi todo durante el divorcio.