Miré mi reflejo en el cristal de la bóveda.
La mujer que veía allí seguía siendo la misma que Daniel había dejado dormida a las 2:37 de aquella madrugada.
Solo había una diferencia.
Ella ya no necesitaba convencerlo de quién era.
Daniel salió de casa creyendo que, al amanecer, yo despertaría sin marido, sin dinero y sin futuro.
En cierto sentido tuvo razón.
Aquella mañana perdí un marido.
Pero conservé mi empresa.
Mi patrimonio.
El legado de mi madre.
Y algo que durante años había dejado en manos de otra persona.
Mi propia voz.
Sonreí mientras cerraba el estuche vacío.
Daniel había querido que despertara sin nada.
En cambio, aquella madrugada fue la primera vez en 9 años que realmente desperté.