SOLO QUEDABA UNA PATA SOBRE EL HIELO CUANDO LA ENCONTRÉ… PERO AQUELLA PERRA NO ESTABA PIDIENDO QUE LA SALVARA A ELLA.
Escuché los arañazos antes de verla.
Tres golpes rápidos.
Silencio.
Después, dos más lentos.
Me detuve en el sendero que bordeaba la laguna de Arareko, cerca de Creel, Chihuahua, y miré hacia la superficie congelada. No había nadie pidiendo ayuda. No se veía ningún pescador, ningún niño, ninguna persona atrapada.
Entonces apareció una pata negra entre una grieta.
Las uñas se aferraron al borde.
Y desapareció bajo el hielo.
Me llamo Daniel Mercado. Tenía 44 años y llevaba más de una década trabajando en rescates de montaña y accidentes en zonas rurales del norte de México.
Había visto personas caer en barrancos, vehículos atrapados en caminos cubiertos de nieve y animales perdidos durante tormentas.
Pero aquello era diferente.
Mi compañera, Tania Reyes, aseguró una cuerda desde la orilla mientras yo avanzaba boca abajo sobre el hielo.
—¿Ves a alguien? —gritó.
—No.
—¿Y al perro?
—Solo una parte.
A medida que me acercaba, el hielo se volvía más transparente.
Encendí la lámpara que llevaba en el pecho y apunté hacia abajo.
Entonces la vi.
Era una pastora alemana grande, negra y café.
Estaba pegada a la parte inferior del hielo.
Su pelaje flotaba alrededor del cuerpo. De su nariz salían pequeñas burbujas que quedaban atrapadas bajo la superficie.
Una de sus patas delanteras había encontrado la grieta.
La trasera estaba torcida en un ángulo extraño.
Me acerqué un poco más.
La pata dejó de arañar.
Durante unos segundos pensé que había llegado demasiado tarde.
Entonces su hocico golpeó el hielo desde abajo.