Parte 2: Contesté mientras preparaba café.
Daniel ya estaba gritando.
—¿Qué hiciste?
Miré por la ventana mientras el cielo comenzaba a aclararse sobre Monterrey.
—Buenos días, Daniel.
—No juegues conmigo. Las transferencias están rechazadas. Mis tarjetas no funcionan. La tarjeta de Camila tampoco. ¿Qué hiciste?
—¿Te refieres a las tarjetas corporativas que utilizaste para pagar hoteles, vuelos y regalos personales?
Hubo silencio.
Después cambió de tono.
—Valeria, amor, estás confundida.
Casi me reí.
—Encontré 12 autorizaciones cuestionables, 3 intentos de transferencia por más de $11 millones de pesos, $1.2 millones en gastos personales y pagos por otros $3.6 millones a una consultora cuya principal actividad parece ser viajar contigo.
Daniel dejó de hablar.
Escuché a Camila murmurar algo.
—No entiendes cómo funciona la empresa —dijo finalmente.
Ahí sí sonreí.
Mi empresa.
Mi madre me había dejado el 68% de Grupo Santillán mediante un fideicomiso familiar protegido.
Después de casarnos, yo nombré a Daniel director de operaciones.
Cometí muchos errores en mi matrimonio.
Pero nunca le entregué acciones con derecho a voto.
Daniel confundió mi falta de interés por las juntas interminables con falta de autoridad.
Durante años firmé una autorización ejecutiva limitada que le permitía manejar operaciones cotidianas.
Esa misma autorización incluía una cláusula de suspensión inmediata ante indicios graves de irregularidades financieras.
Cuando la firmamos, Daniel se burló.
—Tú y tus papelitos.
Aquella madrugada, mis “papelitos” acababan de cerrarle todas las puertas.
A las 4:15 el consejo recibió el expediente que yo había preparado.
A las 4:31 se aprobó la suspensión provisional de Daniel.
A las 4:43 el banco restringió cualquier transferencia vinculada con sus credenciales.
A las 5:08 nuestro abogado emitió instrucciones para preservar correos, computadoras, facturas y registros contables.