Fui a la preparatoria preparado para regañar a mi hija por “malgastar” el dinero que le enviaba, pero descubrí que llevaba cinco años registrada como estudiante pobre. “Tu padre ya está cansado de mantenerte”, le habían repetido. No hice una escena: pedí su expediente, saqué mis comprobantes bancarios y encontré un detalle que demostraba que todo había sido planeado.

PARTE 1

—Tu hija se gastó los treinta y dos mil pesos de la computadora y ahora anda con un muchacho que ni estudia. Si no vienes a ponerle un alto, yo ya no respondo por ella.

Eso fue lo que mi madre me dijo por teléfono.

Yo estaba en Monterrey, encerrado en una oficina después de catorce horas de trabajo, y sentí que la sangre me hervía.

Me llamo Javier Mendoza. Durante cinco años trabajé lejos de Guadalajara después de que mi esposa, Lucía, murió de cáncer. Las deudas nos dejaron prácticamente en cero y acepté dirigir proyectos industriales fuera del estado porque era la única manera de recuperar estabilidad.

Mi hija Mariana tenía diez años cuando la dejé al cuidado de mi madre, doña Teresa.

Cada mes enviaba dinero.

Para comida.

Ropa.

Útiles.

Transporte.

Médicos.

Y una cantidad aparte que, según mi madre, cubría colegiaturas, cursos y cualquier emergencia de Mariana.

Nunca faltó un depósito.

Sin embargo, Teresa siempre tenía una queja nueva.

—Mariana está muy gastalona.

—Se volvió floja.

—Quiere ropa cara.

—Se la pasa en la calle.

—Te está tomando el pelo porque sabe que estás lejos.

Y yo, como un idiota, le creía.

Aquella vez compré un boleto para Guadalajara decidido a castigar a mi hija.

No le avisé.

Llegué a su preparatoria cerca de la hora del almuerzo y la busqué entre los estudiantes.

Tardé varios minutos en reconocerla.

Mariana estaba sentada sola en una jardinera, con un uniforme deslavado y unos tenis tan gastados que la suela comenzaba a despegarse.

Pero lo que realmente me paralizó fue la comida.

No tenía torta.

No tenía fruta.

No tenía siquiera una bolsa de papas.

Solo sostenía medio bolillo.

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