PARTE 1
—Tu hija se gastó los treinta y dos mil pesos de la computadora y ahora anda con un muchacho que ni estudia. Si no vienes a ponerle un alto, yo ya no respondo por ella.
Eso fue lo que mi madre me dijo por teléfono.
Yo estaba en Monterrey, encerrado en una oficina después de catorce horas de trabajo, y sentí que la sangre me hervía.
Me llamo Javier Mendoza. Durante cinco años trabajé lejos de Guadalajara después de que mi esposa, Lucía, murió de cáncer. Las deudas nos dejaron prácticamente en cero y acepté dirigir proyectos industriales fuera del estado porque era la única manera de recuperar estabilidad.
Mi hija Mariana tenía diez años cuando la dejé al cuidado de mi madre, doña Teresa.
Cada mes enviaba dinero.
Para comida.
Ropa.
Útiles.
Transporte.
Médicos.
Y una cantidad aparte que, según mi madre, cubría colegiaturas, cursos y cualquier emergencia de Mariana.