—Eso espero, Mateo —dije, sintiendo un nudo frío introducido en la boca del estómago—. Porque no pienso dejar una sola piedra sin voltear.
Las semanas siguientes se convirtieron en un ejercicio de resistencia psicológica casi inhumano.Vivir bajo el mismo techo que Sebastián requería una actuación digna de una premiación cinematográfica.
Cada beso de despedida antes de salir a la oficina era una puñalada silenciosa.
Cada vez que rozaba mi hombro en la sala de juntas, mi piel se erizaba con un rechazo visceral que debía sofocar detrás de una sonrisa profesional.
En la sede de Grupo Innova, una torre de cristal de cuarenta pisos que dominaba el horizonte de la ciudad, Camila se movía con una altanería creciente.
Su embarazo ya rondaba el sexto mes.
Aunque utilizaba vestidos holgados de diseñador, su silueta evidenciaba la maternidad inminente con orgullo apenas disimulado.
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