El heredero de la infamia

Frente a mí no había copas de celebración ni alivio triunfal.

Solo había carpetas con sellos notariales digitales, extractos bancarios cruzados y una serie de registros que retrocedían cuatro meses en el tiempo.

Cuatro meses exactos desde la primera sospecha que había empezado a resquebrajar los cimientos de mi matrimonio.

La memoria me devolvió a una madrugada de mayo en nuestra residencia de San Pedro Garza García.

El reloj de pared marcaba las tres y cuarto cuando el leve crujido del parquet me despertó.

Sebastián no estaba a mi lado en la cama.

La sábana de lino egipcio todavía guardaba la silueta tibia de su cuerpo, pero la frialdad del aire acondicionado ya ganaba terreno.

Me levanté sin hacer ruido, descalza, con una bata de seda que apenas rozaba el suelo.

La puerta de su vestidor estaba entornada.

Una rendija dorada cortó la penumbra del pasillo principal con la precisión de un bisturí.

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