Lucía sintió mi mano tensarse y apretó mis dedos.
—Yo escribí eso —dijo ella.
Javier la miró.
—Lucía…
—No necesitas explicarme por qué te fuiste —respondió—. Ya sabemos por qué te fuiste. Lo que nunca entendimos fue por qué no regresaste a preguntar.
Ahí estaba la diferencia.
Su error inicial había durado minutos.
Su abandono había durado treinta años.
Javier podía decir que aquella mañana estaba conmocionado.
Podía admitir que actuó dominado por los celos.
Incluso podía reconocer que no sabía suficiente sobre herencia genética para entender lo que veía.
Pero ninguna de esas explicaciones respondía lo verdaderamente importante.
¿Por qué cambió su número?
¿Por qué nunca buscó losresultados?
¿Por qué jamás escribió una carta?
¿Por qué no volvió cuando tuvo tiempo para pensar?
¿Por qué permitió que cinco niños crecieran sin una respuesta cuando él mismo había rechazado la oportunidad de obtenerla?
Samuel fue quien formuló la pregunta.
—¿Alguna vez intentaste averiguar si estabas equivocado?
Javier bajó la cabeza.
—No.
Una palabra.
Nada más.
Andrés cruzó los brazos.
—¿Nunca?
Javier respiró profundo.
—Nunca.
Entonces algo cambió entre nosotros.
No porque lo hubiéramos perdonado.
No porque aquella respuesta solucionara nada.
Cambió porque por primera vez Javier dejó de defender al hombre que había sido.
Ya no culpó al hospital.
Ya no habló de lo que cualquiera habría pensado.
Ya no intentó convertir su miedo de entonces en una justificación suficiente.
—Creí que si preguntaba y descubría que eran míos… —comenzó.
Se quedó callado.
Daniel esperó.
—¿Qué? —preguntó.
Javier apretó las hojas.
—Tendría que aceptar lo que había hecho.Aquella fue la primera verdad que no estaba escrita en ningún documento.