El heredero de la infamia

—Estás trabajando demasiado, Mariana —dijo él, recuperando la compostura con una risita suave pero forzada—. Deja que el equipo legal se encargue de esos detalles. Tú deberías tomarte unas semanas de descanso en Cancún.

—Tal vez tengas razón —contesté, clavándole una mirada serena, desprovista de cualquier reproche visible—. Tal vez necesite tomar distancia para ver el panorama completo.

Sebastián asintió, visiblemente aliviado por mi supuesta docilidad.

No sospechaba que cada palabra mía estaba calculada para adormecer su estado de alerta.

La investigación formal comenzó dos días después, en una discreta cafetería de San Jerónimo, lejos de las miradas indiscretas de San Pedro.

Contraté a Mateo, un exinvestigador financiero que había colaborado en fraudes bancarios de alto perfil.

Mateo no hacía preguntas morales; solo cobraba en efectivo y entregaba datos verificables.

Le deslicé un sobre manila que contenía los extractos preliminares y los datos que había memorizado del teléfono secundario de mi esposo.

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