Sofía tragó saliva.
—Era un frasco pequeño, café. Lo sacó de su bolsa cuando usted estaba mirando el teléfono. Echó unas gotas y después lo volvió a guardar.
Señaló el bolso de Verónica.
—Todavía debe estar ahí.
Por primera vez, la expresión de Verónica cambió.
Fue apenas un segundo.
Una mirada rápida hacia su bolsa.
Un gesto de alarma.
Pero Ernesto lo vio.
Durante más de cuarenta años había negociado con personas que sonreían mientras intentaban engañarlo. Conocía esas pequeñas reacciones involuntarias.
—Verónica —dijo—, enséñame lo que tienes en la bolsa.
—¿Qué?
—La bolsa.
Ella se levantó.
—No puedes hablar en serio.
—Si la niña se equivocó, lo comprobaremos en un minuto.
—Mis cosas son privadas.
Ernesto dejó la cuchara sobre la mesa.
—Entonces no entiendo por qué estás tan preocupada.
Marta abrazó a Sofía por los hombros.
Verónica miró alrededor.
Dos empleados habían aparecido en la puerta después de escuchar los gritos.
El responsable de seguridad permanecía unos pasos más atrás.
—Ernesto, estás permitiendo que una niña te manipule.
—No he dicho que le crea —respondió él—. He dicho que quiero comprobarlo.
Entonces tomó el plato.
—Guarden esta sopa. Que nadie la tire ni la toque.
Verónica dio un paso hacia él.
—Estás exagerando.
—Tal vez.
Ernesto la miró directamente.
—Y espero estar exagerando.
Después pidió que llamaran a su médico de confianza y que solicitaran un análisis adecuado de la comida.
Verónica agarró su bolso contra el pecho.
—No voy a permitir este espectáculo.
—Entonces déjalo sobre la mesa y acabaremos con el espectáculo.
Ella no se movió.
El silencio se hizo insoportable.