—El departamento en Valle Oriente ya está a tu nombre —continuó en un tono más bajo, casi inaudible—. No hagas berrinches innecesarios. En cuanto pase la auditoría del tercer trimestre, formalizaremos la reestructuración.
Dio media vuelta hacia el espejo.
Sus ojos, habitualmente cargados de esa calma calculadora que tanto fascinaba a los inversionistas de Nueva York, lucían desorbitados.
Había en ellos una mezcla corrosiva de ambición y pánico.
Sebastián vestía un traje azul marino a medida, confeccionado en Savile Row, con la corbata ajustada al milímetro.
—Buenos días, mi amor —dijo él, levantando la vista de su tableta corporativa con una sonrisa ensayada.
—Buenos días —respondí, sirviéndome una taza con pulso de cirujano.
Observe cómo untaba mermelada de higos sobre una tostada.
Sus dedos eran largos, elegantes, los mismos que habían firmado conmigo los primeros contratos de arrendamiento cuando no teníamos ni para pagar la luz del laboratorio.
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