Me acerqué conteniendo la respiración, con esa intuición primaria que advierte del peligro antes de que el intelecto lo procese.
A través de la rendija, lo vi de espaldas, inclinado sobre la cómoda donde guardaba sus gemelos y relojes de colección.
Llevaba la camisa desabotonada en el cuello y el cabello ligeramente revuelto.
Sostenía un teléfono secundario, uno que jamás le había visto utilizar en reuniones corporativas ni en viajes de negocios.
Sus dedos tecleaban con una urgencia febril. Luego, se llevó el aparato al oído.
—Ya te dije que no me llames a este número a deshoras —susurró él, con una voz rasposa que no reconocí como suya—. Si Mariana se entera de las transferencias a la cuenta fiduciaria, el fideicomiso se viene abajo antes de que nazca.
Un silencio tenso se instaló en el vestidor.
Sebastián pasó el dorso de la mano por su frente, empapada en un sudor frío e imperceptible a simple vista.
1 thought on “El heredero de la infamia”