El heredero de la infamia

La primera pista contundente llegó un viernes de lluvia torrencial.

Sebastián asistió a una cena de gala con la Asociación Nacional de Empresarios Biotecnológicos.

Yo había encontrado una jaqueca insoportable para quedarme en casa.

Tan pronto como el portón automático se cerró tras su camioneta blindada, me dirigí al sótano de la residencia.

Allí, detrás de la cava climatizada, Sebastián mantenía un archivo cerrado con llave donde guardaba los respaldos físicos de las patentes más antiguas de la compañía.

Utilicé la ganzúa que Mateo me había proporcionado dos semanas atrás, junto con instrucciones precisas para vencer el cerrojo de seguridad de doble paletón.

Mis manos temblaban de forma incontrolable.

El metal frío de la herramienta resbalaba entre mis dedos empapados en sudor.

Un clic seco rompió la quietud del sótano.

La puerta de metal pesada pasó unos milímetros.

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