
Después de varios intentos lograron crear algunos embriones, pero Laura sufrió una pérdida devastadora. La experiencia terminó destruyendo su matrimonio y ella decidió detener el tratamiento. Los embriones restantes quedaron almacenados mientras trataba de decidir qué hacer con ellos.
María conocía toda la historia. Había acompañado a Laura durante algunas consultas, sabía dónde estaban almacenados los embriones y tenía acceso a varios documentos médicos. Según Laura, su madre había utilizado información personal, firmas dudosas y autorizaciones que nunca debieron ser aceptadas para trasladar uno de aquellos embriones a la clínica extranjera. «Ese embrión era mío y de Daniel», dijo Laura mientras las lágrimas corrían por su rostro. «Tú no tenías derecho a utilizarlo». María trató de explicarse.

Aseguró que solo quería devolverle a su hija lo que había perdido. Su plan era dar a luz al bebé y luego criarlo juntas. Estaba convencida de que, cuando Laura viera al niño, regresaría a casa y ambas podrían comenzar de nuevo. Laura la miró con una mezcla de tristeza y furia. «No querías devolverme nada», respondió. «Querías obligarme a regresar porque no soportabas estar sola».