En cuestión de semanas, pasó de ser un empresario respetado a no tener ni para comprar el pan de mis hijos. El banco nos notificó que perderíamos nuestra casa.
La noche en que le di la noticia a Sofía, el mundo se nos cayó encima. Ella lloró de rabia y de miedo, y en un momento de desesperación, me gritó algo que me destrozó el alma: —¡Esto es por traer aese criminal a nuestra casa! ¡Nos trajo la mala racha, Diego! ¡Tu hermano nos hundió!
Esteban estaba en el patio, lavando la única camioneta vieja que nos quedaba.Escuchó todo. No dijo una sola palabra. Solo bajó la cabeza, secó sus manos en un trapo viejo y se metió en su pequeño cuarto.
A la mañana siguiente, me senté en la mesa de la cocina, con el rostro entre las manos, sin saber cómo le diría a Mateo ya Alma que tendrían que cambiar de escuela y dejar su hogar.