Su mirada recorrió la escena.
Mi gorra estaba en el suelo.
Mi mejilla seguía ardiendo.
Vivian Harmon permanecía frente a mí con los brazos cruzados.
—¿Qué está ocurriendo aquí? —preguntó el general.
Vivian cambió inmediatamente de expresión.
—¡General Whitmore! Qué alivio verlo. Esta sargento me ha tratado de manera vergonzosa.
El general no respondió.
Se acercó a mí.
—Sargento, informe.
Tragué saliva.
—Señor, la carretera permanece cerrada por orden del comandante de guarnición. El vehículo de la señora Harmon no figura en la lista autorizada.
—¿Y su rostro?
Permanecí firme.
—La señora Harmon me golpeó, señor.
Vivian soltó una carcajada nerviosa.
—¡Eso es mentira!
Whitmore la miró.
—Señora Harmon, le recomiendo que guarde silencio.
El general recogió mi gorra del suelo.
La limpió cuidadosamente y me la entregó.
—Sargento Conroy, ha cumplido correctamente sus órdenes.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
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