Mi padre falleció de un infarto cuando yo todavía estaba criando a Camila, y desde entonces mi madre había aprendido a vivir con una ausencia que nunca terminó de desaparecer.
Durante mucho tiempo se negó a salir con alguien.
Si una amiga le sugería conocer a un viudo, respondía que estaba demasiado ocupada.
Si alguien la invitaba a una reunión, encontraba una excusa.
Su mundo se redujo a su casa, sus plantas, la iglesia los domingos y las visitas de su nieta.
Yo intentaba convencerla de que todavía tenía derecho a enamorarse.
Ella siempre sonreía.
—Ay, hija, esas cosas ya no son para mí.
Pero todo cambió una mañana de primavera.
Mi madre participaba en un grupo de jardinería de la colonia.
Cada sábado se reunían para intercambiar plantas, semillas y consejos.
Fue allí donde conoció a Roberto Salcedo.