EL NOVIO DE MI MADRE DE 72 AÑOS SIEMPRE SE IBA ANTES DE LAS 7:30 DE LA NOCHE, Y TODOS CREÍAMOS QUE TENÍA OTRA MUJER. PERO UNA NOCHE MI HIJA DE 15 AÑOS LO SIGUIÓ Y REGRESÓ LLORANDO, CON SU VIEJO MALETÍN ENTRE LOS BRAZOS. CUANDO LO ABRIMOS, MI MADRE SE LLEVÓ LAS MANOS A LA BOCA. ENTONCES MI HIJA SUSURRÓ: «ABUELITA, ESO NO ES LO PEOR. VI A QUIÉN LE LLEVA ESTAS COSAS TODAS LAS NOCHES».

Mi padre falleció de un infarto cuando yo todavía estaba criando a Camila, y desde entonces mi madre había aprendido a vivir con una ausencia que nunca terminó de desaparecer.

Durante mucho tiempo se negó a salir con alguien.

Si una amiga le sugería conocer a un viudo, respondía que estaba demasiado ocupada.

Si alguien la invitaba a una reunión, encontraba una excusa.

Su mundo se redujo a su casa, sus plantas, la iglesia los domingos y las visitas de su nieta.

Yo intentaba convencerla de que todavía tenía derecho a enamorarse.

Ella siempre sonreía.

—Ay, hija, esas cosas ya no son para mí.

Pero todo cambió una mañana de primavera.

Mi madre participaba en un grupo de jardinería de la colonia.

Cada sábado se reunían para intercambiar plantas, semillas y consejos.

Fue allí donde conoció a Roberto Salcedo.

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