Ella continuó:
—Estoy haciendo con mi mamá exactamente lo mismo.
—Un poco.
—Creo que pensaba que como ustedes son mayores…
Se detuvo.
—Dilo.
—Que era más sencillo decidir algunas cosas por ustedes.
—Ah.
—Suena horrible cuando lo digo.
—Porque lo es un poquito.
Sonrió avergonzada.
—Lo siento por el asiento.
—Gracias.
—Y por la habitación.
—Gracias.
—Y probablemente por otras cosas que ni siquiera he notado.
Eso me sorprendió.
—Esa es una buena disculpa.
Se rio.
—Mi mamá me dio una charla de cuarenta minutos.
—Entonces agradécele de mi parte.
A partir de ahí el viaje cambió.
No porque todos se convirtieran mágicamente en una familia perfecta.
Tuvimos discusiones.
Un nieto perdió unos auriculares.
Daniel reservó entradas para el día equivocado.
Natalia estuvo de mal humor una mañana.
Como cualquier familia.
Pero algo había cambiado.
Empezaron a preguntar.
—Mamá, ¿qué quieres hacer mañana?