Aun así, se sentaba frente a su máquina de coser.
Yo le pedía que descansara.
—Mamá, podemos comprar uno.
Ella negaba con la cabeza.
—Vestidos puedes comprar miles.
Luego sonreía.
—Pero este quiero hacerlo yo.
Algunas noches cosía apenas unos minutos.
Otras veces tenía que detenerse porque sus manos temblaban.
Pero siguió.
Puntada por puntada.
Hasta terminarlo.
La última vez que me lo probé frente a ella, mamá se quedó mirándome sin hablar.
—¿Qué pasa?
Sonrió mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
—Nada.
Se acercó y acomodó una parte de la falda.
—Solo estoy tratando de imaginar a la mujer en la que te vas a convertir.
Ocho días después, mi mamá murió.
Durante meses no pude tocar aquel vestido.
Lo guardé cuidadosamente.
A veces abría el clóset solo para verlo.
No era ropa.
Era una despedida.
Seis meses después del funeral, mi papá nos sorprendió con una noticia.
Se iba a casar.
La mujer se llamaba Shirley.
Y lo peor era que yo ya la conocía.
Había sido amiga de mi madre.
No entendía cómo habían pasado de compartir recuerdos sobre mamá a hablar de matrimonio tan rápido.
Pero mi padre parecía feliz.
Y yo estaba demasiado cansada de perder personas como para empezar otra guerra.
Shirley se mudó a nuestra casa.
Al principio fue amable.
Demasiado amable.
Después comenzaron los pequeños cambios.
Una fotografía de mamá desapareció de la sala.
Luego otra.
—Estoy reorganizando —explicaba Shirley.
Una caja con ropa de mamá fue donada sin preguntarme.
Sus tazas favoritas desaparecieron.
Un perfume que todavía conservaba su olor también.
Cada vez quedaban menos rastros de ella.
Y había algo todavía más incómodo.