Aun así, se sentaba frente a su máquina de coser.
Yo le pedía que descansara.
—Mamá, podemos comprar uno.
Ella negaba con la cabeza.
—Vestidos puedes comprar miles.
Luego sonreía.
—Pero este quiero hacerlo yo.
Algunas noches cosía apenas unos minutos.
Otras veces tenía que detenerse porque sus manos temblaban.
Pero siguió.
Puntada por puntada.
Hasta terminarlo.
La última vez que me lo probé frente a ella, mamá se quedó mirándome sin hablar.
—¿Qué pasa?
Sonrió mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
—Nada.
Se acercó y acomodó una parte de la falda.
—Solo estoy tratando de imaginar a la mujer en la que te vas a convertir.
Ocho días después, mi mamá murió.
Durante meses no pude tocar aquel vestido.
Lo guardé cuidadosamente.
A veces abría el clóset solo para verlo.
No era ropa.
Era una despedida.
Seis meses después del funeral, mi papá nos sorprendió con una noticia.