—Cuarenta años con él tenían que servir para algo.
Nos reímos.
Fue la primera grieta en la tensión.
Pero todavía faltaba Laura.
Ella no me pidió disculpas inmediatamente.
Durante dos días estuvo distante.
Después ocurrió algo inesperado.
Fuimos todos a visitar un museo.
Teresa comenzó a sentirse cansada.
Dijo que quería regresar al apartamento.
Laura respondió:
—Vamos todos.
Teresa negó.
—No. Yo tomo un taxi.
—Mamá, no vas a ir sola.
Yo observaba.
Teresa insistió:
—Tengo sesenta y cinco años, no quince.
Laura se molestó.
—Solo intento cuidarte.
Entonces Teresa pronunció exactamente la frase que yo necesitaba que su hija escuchara:
—Cuidarme no significa decidir todo por mí.
Laura se quedó inmóvil.
Yo no dije nada.
No hacía falta.
Horas después, cuando regresamos, Laura vino a mi habitación.
—Ya entendí.
—¿Qué?
—Lo que hicimos contigo.
Me senté.