Los niños no sabían nada.
Yo quería que siguiera así.
Después de cenar, Daniel pidió caminar conmigo.
Acepté.
Recorrimos varias calles en silencio.
Finalmente dijo:
—Mamá, lo siento.
—¿Por el asiento o por la habitación?
—Por las dos cosas.
—¿Por qué lo hiciste?
—Laura estaba preocupada por su mamá.
—Eso explica lo que quería ella. No por qué tú aceptaste quitarme algo sin preguntar.
Daniel guardó silencio.
—Pensé que tú lo entenderías.
—Ahí está.
—¿Qué?
—Siempre piensan que yo tengo que entender.
Me miró.
—No sé qué quieres decir.
—Cuando tus hijos necesitan algo, la abuela entiende. Cuando cambias una cena a última hora, mamá entiende. Cuando no puedes venir en Navidad, mamá entiende. Cuando Laura quiere darle mi asiento a Teresa, otra vez se supone que mamá entenderá.
—No quería hacerte sentir así.
—Pero lo hiciste.
Continuamos caminando.
—Desde que murió papá —dije—, ustedes empezaron a tratarme como si yo hubiera dejado de tener planes propios.