—Sí.
Y se marchó.
Aquella noche cenamos en un pequeño restaurante.
El ambiente era extraño.
Los niños no sabían nada.
Yo quería que siguiera así.
Después de cenar, Daniel pidió caminar conmigo.
Acepté.
Recorrimos varias calles en silencio.
Finalmente dijo:
—Mamá, lo siento.
—¿Por el asiento o por la habitación?
—Por las dos cosas.
—¿Por qué lo hiciste?
—Laura estaba preocupada por su mamá.
—Eso explica lo que quería ella. No por qué tú aceptaste quitarme algo sin preguntar.
Daniel guardó silencio.
—Pensé que tú lo entenderías.
—Ahí está.
—¿Qué?
—Siempre piensan que yo tengo que entender.
Me miró.
—No sé qué quieres decir.
—Cuando tus hijos necesitan algo, la abuela entiende. Cuando cambias una cena a última hora, mamá entiende. Cuando no puedes venir en Navidad, mamá entiende. Cuando Laura quiere darle mi asiento a Teresa, otra vez se supone que mamá entenderá.
—No quería hacerte sentir así.
—Pero lo hiciste.
Continuamos caminando.
—Desde que murió papá —dije—, ustedes empezaron a tratarme como si yo hubiera dejado de tener planes propios.
—Eso no es cierto.
—¿De verdad?
Lo miré.
—¿Cuántas veces me has preguntado si quiero algo antes de decidir qué es “más fácil para mamá”?
Daniel no respondió.
Entonces le conté algo que nunca había dicho.
Meses antes había considerado vender mi casa.
Era demasiado grande.
Quería comprar algo pequeño y utilizar parte del dinero para viajar.
No había contado nada porque sabía exactamente qué ocurriría.
Daniel diría:
—No vendas todavía.
Natalia preguntaría:
—¿Y las cosas de papá?
Los nietos protestarían porque aquella era “la casa de la abuela”.
Todo el mundo tendría una opinión sobre el lugar donde yo debía vivir.