Mi madrastra creyó que podía lastimar a mi hija de 8 años porque yo llevaba cuatro meses fuera, cumpliendo una comisión militar. “No vuelvas por ella, está bien”, me ordenó después de que le fracturara dos dedos. Regresé sin avisar y recuperé un viejo teléfono que mi hija había escondido. Cuando escuché la grabación, comprendí que aquello apenas comenzaba.

—¿Aunque esté hospitalizado?

—Solo si comprende el acto y manifiesta libremente su consentimiento. Su enfermedad no permite que otra persona decida por él.

Salí de aquella oficina con una idea clara.

No necesitaba discutir con Beatriz.

Necesitaba impedir que confundieran el silencio de mi padre con un sí.

El viernes llegó.

A las diez y media de la mañana me encontraba en el Hospital General del Sur de Puebla.

La doctora Ortega conocía la situación. También había solicitado la presencia de personal administrativo para documentar cualquier intento de realizar trámites sin el consentimiento del paciente.

Me quedé en una habitación contigua.

A las once, Beatriz apareció por el pasillo.

Llevaba un abrigo beige, el cabello perfectamente arreglado y una bolsa con dulces para las enfermeras.

Detrás caminaba un hombre con portafolios y una mujer de aproximadamente cincuenta años.

Eran el notario y la persona que supuestamente firmaría a petición de mi padre.

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