Mi madrastra creyó que podía lastimar a mi hija de 8 años porque yo llevaba cuatro meses fuera, cumpliendo una comisión militar. “No vuelvas por ella, está bien”, me ordenó después de que le fracturara dos dedos. Regresé sin avisar y recuperé un viejo teléfono que mi hija había escondido. Cuando escuché la grabación, comprendí que aquello apenas comenzaba.

«Mariana, hija, soy yo. Si estás escuchando esto, significa que algo salió mal y Valentina pudo entregarte el teléfono».

Me llevé una mano a la boca.

«Desde abril, Beatriz e Iván me están presionando para que les regale la casa. Él debe muchísimo dinero y quieren venderla. Me he negado porque esa casa también guarda el esfuerzo de tu madre».

Hubo una pausa.

Después continuó:

«En mayo fui con una notaria de Puebla y firmé mi testamento. Beatriz no lo sabe. Quiero protegerte a ti y a Valentina. Pero tengo miedo de que intenten obligarme a firmar otra cosa».

Escuché cómo mi padre respiraba con dificultad.

«Perdóname por no habértelo dicho antes. Me dio vergüenza reconocer que la mujer con la que llevo tantos años me está utilizando. Si me pasa algo, no dejes a Valentina con ella. Ven por tu hija».

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