Mi madrastra creyó que podía lastimar a mi hija de 8 años porque yo llevaba cuatro meses fuera, cumpliendo una comisión militar. “No vuelvas por ella, está bien”, me ordenó después de que le fracturara dos dedos. Regresé sin avisar y recuperé un viejo teléfono que mi hija había escondido. Cuando escuché la grabación, comprendí que aquello apenas comenzaba.

Incluso afirmaba que mi hija se había lastimado sola para llamar la atención.

La trabajadora social me hizo una pregunta que me dejó sin aliento.

—Señora Mariana, cuando termine su permiso militar, ¿con quién va a quedarse la menor?

—Conmigo.

—Pero usted debe regresar a Chiapas.

—Voy a solicitar una ampliación de licencia y un cambio de adscripción.

La mujer cerró la carpeta.

—Necesitamos una solución estable. Mientras tanto, habrá seguimiento del caso y medidas de protección.

Salí de allí entendiendo algo terrible: Beatriz estaba utilizando mi trabajo para intentar presentarme como una madre irresponsable.

Y todavía tenía otra ventaja.

Antes de marcharme a Chiapas, yo había firmado una autorización notarial para que mi padre y Beatriz pudieran hacer trámites escolares y médicos de Valentina.

No les concedía la patria potestad, pero Beatriz estaba utilizando aquel documento para hacer creer que podía decidir por mi hija.

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