La niña pintó la cara del millonario dormido y terminó descubriendo al verdadero ladrón de la mansión

—No.

—Ricardo…

—No me pediste permiso para apagar cámaras tampoco, supongo.

Su rostro cambió.

Corrió hacia la puerta.

Los dos guardias lo detuvieron.

Pero la historia todavía no había terminado.

Porque Víctor no había comenzado a robar aquella tarde.

Durante la investigación aparecieron otras cosas.

Muchísimas.

Había estado desviando pequeñas cantidades de dinero durante casi cuatro años.

Nada demasiado grande individualmente.

Facturas infladas.

Servicios inexistentes.

Pagos duplicados.

Compras personales registradas como gastos de mantenimiento.

Yo tenía tanto dinero moviéndose entre empresas que nunca había observado personalmente cantidades que, para cualquier trabajador de mi casa, habrían representado años de salario.

Víctor lo sabía.

También llevaba meses sustrayendo objetos pequeños.

Un reloj.

Monedas antiguas.

Una pluma de colección.

Cosas que yo creía haber perdido.

Aquella tarde se volvió ambicioso.

Los documentos que robó contenían información que pensaba utilizar para favorecer a otra empresa.

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